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La semana pasada, en este mismo espacio, nuestro editorial tenía un título: “De pragmáticos y cínicos”, y prometíamos una segunda parte que es la que comenzamos ahora.

Decíamos hace 7 días que una de las estrategias que parece tener el poder reside en negar todo, aún lo ya demostrado, aún lo imposible de negar.

Algo sencillo de concretar si se tiene en cuenta que el cúmulo de información es tanto, el universo de palabras resulta ser de tal magnitud que individuos pueden decir barbaridades, afirmar cuestiones inverosímiles o desconocer verdades universales que todo caerá en el olvido, será “tapado” por otra cuestión, por otro hecho o por otras palabras tan necias como las anteriores.

Así las cosas, vivimos en un momento que oscila entre el cinismo, la mentira despiadada y el pragmatismo salvaje.

Volvemos a definir estos dos conceptos que serán –nuevamente- la columna vertebral de nuestro editorial.

 

Entendemos por cinismo a la actitud personal de mentir con descaro y defender o practicar  de forma descarada, impúdica o deshonesta algo que merece general desaprobación.

Pragmatismo en cambio, es una teoría filosófica según la cual el único medio de juzgar la verdad de una doctrina moral, social, religiosa o científica consiste  en  considerar sus efectos prácticos.

La semana pasada tomábamos un hecho para demostrar lo planteado, la elección caía en un episodio foráneo, ocurrido fuera de nuestras fronteras,  lejano y, sin embargo altamente influyente en nuestras existencias.

Hoy tomaremos uno bien nuestro.

Desde hace años, diferentes médicos que desarrollan actividades académicas en universidades públicas vienen realizando una actividad con alumnos de la carrera de la Facultad de Ciencias Médicas. Esta consiste en una serie de campamentos sanitarios, en donde se sospecha que la población sufre una serie de enfermedades que por su número, no son similares en otras ciudades o pueblos.

De esta manera, el Dr. Medardo Avila Vázquez concretó estas actividades en Monte Maíz, médicos de la universidad de la Plata también lo hicieron en Córdoba y Damián Verzeñassi –docente a cargo de la cátedra Salud Socio Ambiental- hizo lo concreto en casi treinta localidades de nuestra provincia y también de otras.

Medardo Ávila Vázquez es pediatra y neonatólogo y coordina el módulo Determinantes Sociales de la Salud, de la Cátedra de Clínica Pediátrica de la Universidad Nacional de Córdoba. Con sus alumnos concretó diferentes trabajos de investigación.

En el año 2014, y a pedido del Intendente de esa ciudad, censaron a 5000 de los 8000 habitantes y encontraron, entre otras cosas, tres veces más casos de cáncer que en la ciudad de Córdoba o en todo el país.

Encontraron también 3 ó 4 veces más malformaciones y una cantidad muy superior de abortos.

Hicieron todas las variables posibles y concluyeron que las fumigaciones eran la principal causa del aumento de esta enfermedad.

Ante semejante resultado la respuesta de las autoridades de la Universidad de Córdoba fue la persecución. Le solicitaron que no le den los resultados a los pobladores y que los depositen en el Rectorado de la Universidad y fueron castigados por no obedecer. Pidieron hasta su expulsión.

Algo similar le sucedió a Damián Verzeñassi que concreta desde hace décadas censos epidemiológicos en diferentes poblaciones. Hace un par de semanas expuso en el juicio simbólico por ecocidio a la multinacional Monsanto, que se efectuó en La Haya. En su relato, Verzeñassi afirmó –con datos concretos- que en varias localidades santafesinas y de provincias vecinas hay hipertiroidismo, malformaciones congénitas, problemas respiratorios, neurológicos, alergias, abortos espontáneos y cáncer en números muy superiores a los de otras localidades que no comparten el mismo modelo productivo agrícola basado en las fumigaciones.

Los números eran elocuentes, se trataba de sus trabajos concretados en 27 localidades de cuatro provincias del país, con más de 96 mil personas encuestadas que revelan que padecen problemas de salud, que antes de la instalación de Monsanto no existían.

La respuesta no se hizo esperar: las autoridades de la Universidad de Rosario pusieron cadenas y candados al laboratorio donde Verzeñassi y su equipo trabajan y amenazó con no dar más presupuesto para que estas investigaciones continúen. Medidas que debió rever por la presión de diferentes sectores.

El Ministro de Salud de la Provincia, Miguel González, también se hizo escuchar: calificó al informe como "temerario" y criticó la "metodología científica empleada" para obtener los datos de la investigación y dijo que desconocía la estrategia utilizada para obtener esas opiniones, reclamando responsabilidad a la hora de referirse a un tema tan sensible.

No es una estrategia nueva: prefieren matar al cartero.

Una vez más estamos ante actitudes pragmáticas y cínicas.

Los funcionarios solo aceptan estos trabajos si pueden presenciarlo, o sea, si se transforma en algo práctico. Se me dirá que se trata de una postura racional, científica, de creer solo lo que se ve.

Si es así, estaría bueno que lo comprueben, pero no que lo nieguen.

Pero además son posturas cínicas porque mienten con descaro, de manera impúdica, deshonesta y atacan trabajos reales, verdaderos, conscientes, sostenidos por años de actividad académica.

Que quede claro que no se trata de visiones, de miradas, de puntos de vista.

No todo es relativo, hay verdades demostradas, concretas, que poseen tanto peso que no pueden ser negadas y que no dependen de lo que cada uno piense, suponga o considere.

Hay gente que se está enfermando y se está muriendo a causa del modelo de agricultura transgénica y las fumigaciones.

¿Es esta una opinión y como tal puede ser discutida?

No. Está demostrado.  Se trata de un hecho, y negarlo es propio de pragmáticos y/o de cínicos.

Demostraciones hay muchas, pero este espacio también nos quedaría corto para nombrarlas, así que al contrario de los pragmáticos y de los cínicos, vamos a tratar de demostrar lo expresado.

Hace un tiempo, un número importante de científicos, universidades, médicos, enfermeros y especialistas lo comprobaron.

La OMS ha dicho que los productos usados en nuestros campos como agua son potencialmente cancerígenos.

Lo demostró Carrasco, el médico que comenzó con estas denuncias. Lo hicieron también colectivos científicos como Médicos de Pueblos Fumigados.

Lo publicó la Universidad de La Plata, la de Córdoba, la de Rosario, la UNL, la de Río Cuarto y la de Mar del Plata.

Se publicaron en revistas internacionales estudios que así lo afirman.

Hay historias clínicas, testimonios, resultados a los que pueden acudir si no creen. 

Pero no, prefieren negarlo, concretar la práctica del avestruz que esconde la cabeza, matar al cartero, mirar para otro lado.

Propios de conciencias ingenuas, mágicas, no científicas, cínicas.

Podríamos seguir con más ejemplos, más estudios y más grupos científicos que demuestran que lo denunciado –lamentablemente- es una realidad, que sucede en nuestros pueblos fumigados y que las consecuencias a futuro pueden ser más graves aún.

Lo que plantean las autoridades universitarias de Córdoba, la de Rosario o el propio Ministerio de Salud de la Provincia está basado en el cinismo, en lo pragmático, pero se trata de actitudes peligrosas porque en sus manos está el presente y el futuro de muchos.

Y cuando uno dice esto no exagera.

Ya no se trata del futuro, se trata del presente y las frases poéticas como “que paren el mundo que me quiero bajar” no alcanzan. Los que tienen que cuidarnos miran para otro lado y nuestras vidas están en peligro.