(Pequeña  aclaración)

Sergio Elguezabal  es –antes que nada- un gran amigo que admiro.

Es además periodista y desde hace décadas se ha  especializado, preocupado y ocupado  por temas ambientales.  Me llama gratamente la atención como ha podido unir lo ecológico con los temas cotidianos.

¿Hay relación alguna entre la felicidad y el cuidado de nuestro entorno? Sí la hay y Sergio lo plantea con justeza.

Ricardo Serruya

Tengo una flor delante, una inmensa flor, de esas que vienen del Ecuador. Y una cita conocida al lado: “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”. La sentencia mordaz es del comediante estadounidense Groucho Marx y representa de manera acabada un concepto extendido de felicidad adoptado en el imaginario popular durante los últimos cien años.

Placeres efímeros, honores en vida y acumulación escandalosa de riquezas. Así entendida, la felicidad resulta nociva para los individuos en particular y para el medio ambiente en general. El consumo desmedido de las últimas décadas ha provocado hasta la destrucción del hábitat natural. Cuando decidimos derribar árboles para extender “la frontera agropecuaria” o construir “bienes y servicios” de cualquier índole, estamos dinamitando la fábrica de oxígeno, el pulmón colectivo que nos hace funcionar junto a millones de otros individuos de la creación. A no ser que decidamos fabricar oxígeno para todos (¿podríamos hacerlo, verdad?). La erradicación de los bosques significa menos aire puro, de ese que posibilita la vida en la Tierra. Como los bosques, también hemos decidido borrar las montañas. Allí donde se interpongan para “la producción y generación de trabajo” deberán ser pulverizadas, dice el ingenio del hombre. Así es que cuando decidimos triturarlas para extraer oro destinamos el 20% de todo lo que se saca de las canteras en el mundo para utilizarlo en actividades relacionadas a la medicina, componentes de aviones, telefonía y computación; el 80% restante se emplea en la producción de bienes suntuarios: joyería, adornos u ornamentación de iglesias y otros edificios. También como reserva monetaria. Los lingotes de oro se asientan en las bóvedas de los bancos como respaldo de las riquezas que posee un país. Hoy como ayer, a pesar de la escasez (se estima que en 15 años se agotarán las reservas), el oro sigue siendo para muchos el símbolo de la abundancia.

Miguel Grinberg, periodista, escritor y fundador de redes ecológicas en todo el mundo, dice que “La profusión de bienes no suele enriquecer el sentido de la vida. Muchas personas sueñan con acumularlos y se pierden las pequeñas cosas a la espera de la gran felicidad”. Y menciona al Reino de Bután, un modesto pueblo de agricultores que viven en un territorio tan grande como Suiza colgado de la cordillera más alta del mundo, los montes Himalayas, a casi 4.500 metros de altura entre China y la India. Grinberg dice que allí residen los hombres más felices del mundo. La renta promedio mensual es de 46 dólares por habitante pero cultivan su propia tierra, crían el ganado suficiente para alimentar a sus familias y poseen casa propia. Las estadísticas convencionales consideran a Bután una nación pobre aunque la imagen de los butaneses no es de miseria, sino de salud y buen pasar espiritual.

Durante el 99% del tiempo de existencia de la especie humana, la expectativa de vida rondó los 18 años. Hace un poco más de un siglo esta esperanza subió a treinta años: lo justo para aprender a sobrevivir, si se contaba con la suerte, y culminar el propósito evolutivo de reproducirse. No había futuro ni, por lo tanto, la posibilidad de plantearse un objetivo tan insospechado como el de ser felices. En las últimas décadas, los avances en salud, nutrición, calidad de vida y ciencia médica desataron el cambio más importante de toda la historia de la evolución: la prolongación de la esperanza de vida que en los países desarrollados llega en la actualidad a los 80 años en las mujeres, y a los 76 en los hombres. Ahora sí hay tiempo para abordar la conquista de la felicidad. ¿Cuándo somos felices, cuánto dura ese estado, qué cosas lo proporcionan? Me lo pregunto en silencio con la mirada fija en esos pétalos sanguíneos que progresivamente siguen abriéndose sobre el vaso que los contiene.

El teólogo y filósofo brasileño Leonardo Boff dice que la felicidad se construye, no se puede ir directamente a ella. Y no puede ser posible si no nos relacionamos con el universo y la naturaleza. La relación con lo diferente nos permite el intercambio y la transformación. La condición humana está hecha de realizaciones y frustraciones, de violencia y de cariño, de la monotonía de lo cotidiano y de acciones que nos sorprenden.

Efectivamente, la clave está en los vínculos. Cuando muere un ser querido pensamos en la importancia de estar más cerca espiritualmente y en la felicidad que nos podría proporcionar un encuentro para fortalecer lazos e intercambiar. “A ver cuándo nos juntamos”, “tenemos que vernos más”, son frases que solemos decirnos entre parientes y amigos en ese encuentro obligado por circunstancias inevitables. No hay bienes materiales que reemplacen el efecto gratificante que devuelven la solidaridad, el amor y el encuentro entre las personas. Cuando eso ocurre en nuestro paso fugaz somos felices.

Es una rosa de pétalos tintos mi flor. Anhelo conservar el color y su perfume para siempre. Yerro. ¡Como si fuese un bien a perpetuidad! El pensador brasileño Pedro Demo me lo recuerda: “La felicidad participa de la lógica de la flor: no hay cómo separar su belleza de su fragilidad y de su ajamiento”. Está en su naturaleza.