A UN AÑO DE LA MUERTE QUE NO FUE TAPA DE LOS DIARIOS

Por Ricardo Serruya

A 130 kilómetros al norte de la capital santafesina se encuentra un pequeño pueblo: Marcelino Escalada, que pertenece al departamento San Justo. Según el último censo vivían en esta comuna menos de 2000 habitantes.

Como tantas localidades de esta zona, Marcelino Escalada centra su producción en la agricultura intensiva y fumigadora.

Circular por las rutas de esta zona del país es ser espectador de desiertos verdes, campos donde abunda el cultivo transgénico, donde aviones vomitan veneno y maquinarias que se parecen a mosquitos gigantes abren los grifos de sus canillas para rociar los suelos con agrotóxicos.

Diógenes Omar Chapelet tenía 75 años.

Vivía en Marcelino Escalada, y este fin de año fue trágico para él y su familia.

Cuando nacía noviembre 2017   uno de los tantos mosquitos que suelen fumigar lo hizo en un campo de trigo que linda a solo 25 metros de la casa de Diógenes, quien en esa misma tarde, en su patio, aspiró el veneno.

Familiares de Diógenes cuentan que en ese mismo momento se le cerró el pecho y que al día siguiente su piel se cubrió de manchas. Con el pasar de los días su situación empeoraba y su cuerpo se cubría de raros colores y ronchas rojizas.

A la semana y con su cuerpo enfermo Diógenes debió soportar una nueva fumigación que el viento desvió hacia su vivienda.

Era demasiado.

Decidió hacer lo único que podía hacer: una denuncia en sede policial.

Papeles, sellos, firmas, denuncias, informes formaron parte de esa burocracia denominada expediente.

Casi un mes después, el 13 de diciembre de aquel año ,  el mismo Presidente comunal de la localidad, Clemente Faletto, y el técnico fitosanitarista Horacio Pennino, fueron a la casa de Diógenes.

Más que un técnico que iba a supervisar, Pennino, que es ingeniero agrónomo y forma parte del Ministerio de Producción de la provincia, se pareció a un representante de los dueños de los campos linderos. El, cuya función es tomar este tipo de denuncias, no pudo responder las preguntas que familiares le hicieron y se retiró ofuscado con los hijos y la esposa de Diógenes porque se negaron a firmar un acuerdo para que se siga fumigando.

No les importa nada, ni siquiera la salud de un vecino.

Lo que continuó no es para nada original. Sin  acuerdo que les permita seguir fumigando, aparecieron las llamadas telefónicas intimidatorias.

Mientras tanto el cuerpo de Diógenes expresaba, cada vez más, los síntomas del veneno.

Médicos, enfermeros y diferentes especialistas eran testigos de un cuerpo que, poco a poco, se iba apagando.

Sus riñones comenzaron a fallar; remedios y corticoides intentaban dar batalla.

Un mes de internación y luego el traslado a terapia intensiva en la Clínica Centro de la Ciudad de San Justo iban preanunciando el final.

El 8 de enero del 2018, su familia anunció que Diógenes falleció. Es otra víctima de las fumigaciones.

Al lado de su casa, el trigo transgénico sigue creciendo, se bambolea con el viento y a lo lejos, alguien está llenando de veneno algún mosquito que seguirá vomitando enfermedad y muerte.