Este 10 de enero se cumplió un nuevo aniversario del tornado de San Justo. El fatídico hecho ocurrió un 10 de enero de 1973. Pasaron ya 46 años.

Cuando se cumplieron 40 años de aquel fenómeno climático en el “portón del norte” se construye un monumento en memoria de las víctimas fatales que hoy se muestra en uno de  sus boulevares.

También se invitó a la ciudadanía “reconstruir las vivencias, relatos, decires y sentires … guardados en la memoria colectiva” y entre otras cosas se crea un blog donde empiezan a ingresar  testimonios, relatos, crónicas que termina siendo un muy interesante libro titulado “Palabras que el viento no se llevó”.

De ese trabajo, y con el permiso del autor, hoy compartimos un estremecedor testimonio.

HORAS DE LA SIESTA

Por Jorge “Palito” Debona. (*)

Hace tiempo que quería contar mis vivencias de aquel día; busqué mil formas distintas, pero no me atrevía. Era mi propósito, sin embargo, que escribir no fuera sólo una aventura sobre tan ingrato recuerdo; sino también y sobre todo, una  mágica reflexión protagonizada por miles de personas en las que existió, o mejor dicho, aún amalgaman una química especial que el tiempo no altera. En mis años de rebelde adolescencia……, un reloj y la imagen congelada. No tardo en descubrir, con el consiguiente asombro, acción y efectos del pasado… sucesión de peripecias que realzan el carácter solidario, y desde ese momento invadió todo mi ser con vocación de servicio… Este salto de luz, propicia encuentros e insólitas relaciones… más allá del tiempo y del espacio, confronta la inquietante obra de reconstrucción de San Justo.

1973 había comenzado para mí, después de rendir algunas materias de primer año de secundaria en la Escuela Nacional de Comercio. Fuimos los primeros en inaugurar el ciclo lectivo turno tarde en la vieja casona de Av. Iriondo. La Asignatura que NO logré aprobar en diciembre era ERSA (Estudio de la Realidad Social Argentina), resultaba difícil comprender al profe Dr. Juan Carlos Bovero cuando hablaba de Cámaras de Senadores y Diputados en el ámbito Nacional y Provincial y menos aún Concejales en la Ciudad porque después de un largo proceso Militar en los Gobiernos, teníamos nuevamente tiempos de Democracia, que no recordaba haber vivido.

San Justo y en especial el Barrio contaba con manzanas de casas espaciadas. Vivía en Bv. Pellegrini Nº 735, entre 25 de Mayo y Santa Fe,  nuestra casa miraba el Norte por calle de tierra. El bulevar tenía hasta la esquina este una sola mano de asfalto. En el medio frondosos árboles, “tipas”, en lenguaje coloquial hasta casi llegar a Ruta 11, que contenían viva las siesta de aquel entonces con el trinar de pájaros y el ensordecedor sonido de las chicharras. La unión del Bulevar con la Ruta estaba limitada por una sola mano, puesto que la correspondiente al norte topaba con la casa de Ángel Alberto Aimar. Lo denominábamos “el martillo de acceso al bulevar”.

La noche anterior al 10 de enero, fue templada y con los primeros rayos Febo comenzó el día extremadamente caluroso… La energía solar no tenia resistencia en la atmósfera, lograba filtrar su fuerza abrasadora y nuestros cuerpos brillaban por la sudoración, era asfixiante fuera del refugio de las habitaciones … Imagino que como las velas encendidas se deforman por el calor e iluminan su alrededor emitiendo también calor, nuestra masa corporal hacía lo mismo través de la piel… En ese balance de la temperatura de nuestro cuerpo, creíamos que el aire la superaba holgadamente al estar tan quieto a nuestro alrededor; alterando el equilibrio térmico y aumentando nuestra sensación de ahogo. Era la sensación que sentíamos ante la conjunción de los factores atmosféricos, de esa irradiación invisible que el amplio espectro en la zona de lo visible solamente podía ser aprovechado por los verdes de mi ciudad. La energía interna de la tierra, fruto de la noche anterior, brindaba la posibilidad de refrescar nuestros pies descalzos en el mosaico de las moradas,  así también debajo de los árboles, como el sauce y el viejo nogal, o el cemento debajo de la pérgola que estaba entre el galponcito y la casa, espacio preferido para estudiar la materia pendiente de la escuela.

El único lugar fresco era el piso, sentir la fría humedad de las baldosas en el cuerpo era lo más gratificante. En casa como en la mayoría de las viviendas de trabajadores, era común tener ventiladores, pero sólo para quien con el esfuerzo de la jornada pretendía recuperarse de la fatiga, para volver a empezar luego de la siesta. Nuestra casa sólo tenía un ventilador y no hace falta decirlo era para el padre, en mi caso Atilio, quien estaba en recuperación después de una difícil operación de columna, por la que debía permanecer prácticamente inactivo y con un yeso desde las axilas hasta la cintura inclusive, motivo por el cual le resultaba difícil caminar. Mi hermano mayor Aníbal trabajaba en metalúrgica “Rual”. El dueño, Rubén Muchiutti, estaba de vacaciones por lo que lo dejó encargado. Ese mediodía había trabajado reparando una máquina trilladora y para poder agilizar el viaje de ida y vuelta al taller, vino con el Fiat 600 propiedad de Rubén.

En horas de la siesta… la composición del aire daba un color azulado muy fuerte en el cielo, formándose nubes blancas, y rápidamente nubes muy oscuras, pero en distintos niveles y con sentidos de movimientos desencontrados…

De pronto Serba, mi madre, desesperada y asustada, llamó a mi hermano, que se encontraba en su habitación:

-¡Aníbal, Aníbal hay tormenta!… llevá ese auto bajo techo.

Rápidamente Aníbal se dirigió al vehículo, que estaba debajo del sauce y lo llevó al taller para protegerlo de la tormenta. Pero… se olvidaba que nuestro auto, Gordini Negro, estaba debajo del viejo nogal, enfrente del galponcito.

En ese momento Serba me preguntó:

-¿Te animás a entrar el auto?

Sin dudarlo, me dirigí al mismo y como un experto lo ingresé, supuestamente al reparo del techo de ese galpón, que sólo tenía una arcada de puerta y una real puerta lateral. Esa, fue la primera vez que manejé solo un auto, con 14 años recién cumplidos, todo una hazaña en esa época. Al bajar del vehículo y dirigiéndome hacia el lugar de ingreso, ví caer una chapa retorcida en el patio de la casa del este, que había comprado mi hermano y estaba refaccionando.

El cielo se colmo de papelitos que revoloteaban como pequeñas aves y giraban sin cesar…”papelitos… son papelitos” – me decía -. Otra cosa no podía ser, nada podía alterar ni modificar a nuestro San Justo, sólo eran papelitos…Sin embargo la calma se interrumpió, otra chapa estremeció mi cuerpo…el ruido al rasgar el techo de la casa de mi hermano… chapas de fibra rompiendo y ese extraño ruido… Un escalofrío recorrió mi espalda, el ruido aumentaba… era infernal, como si tuviera una licuadora con granos de maíz o hielo, provocado por la fricción y los golpes contra las paredes. ¿Cascotes?… ¿Piedras?….y  muchos aviones juntos, esos a reacción. Regresé hacia la puerta lateral, una vieja abertura  de madera orientada al norte y al abrirla, debajo de ese marco pude divisar la escena desconcertante, incomprensible y asombrosa. Nada parecía real… cantidad de papelitos que volaban tan alto y percibir que giraban junto al polvo de color rojizo y hojas, muchas hojas. Poco después supe que no lo eran.

Intenté comprender mejor lo que percibía, pero sólo veo a través de las plantas de caqui del vecino del oeste en dirección al Hospital, un gigantesco remolino con lengüitas de fuego en circular movimiento ascendente y espiralado que dejaba ver luces, chispas, rojas como soldaduras eléctricas… quizá naranjas…, que surcaban el cielo oscuro, no muy negro, más plomizo y azulado en los extremos y ellos girando sin cesar… -Papelitos, ¡son papelitos! -.

Pasaron  unos cuantos segundos, y yo paralizado, asombrado por lo que observaba, el remolino se torno invisible, pues el ángulo visual, ahora ya no me permitía verlo.

Mi madre me llamaba desde la puerta de la cocina distante unos veinte metros; yo seguía inmóvil y un frio surcando mi espalda. Intenté respirar hondo y correr hacia ella. Y en el trayecto todo quedó en blanco como si mil reflectores alumbraran en la oscuridad que habitaba el patio. Sí, fue instantáneo, la luz y el ruido ensordecedor del trueno, largo sonido acompañado del temblor del suelo, descarga eléctrica precipitada del rayo, y la gran luz… como un flash fotográfico, que parecía romper en una cadena de secciones cortas, brillantes… como las lámparas fluorescentes. Todo se tornó de coloración irregular, pasó tan rápido… llegaron gruesas gotas de lluvia cada vez más intensas…, era realmente raro lo que sucedía…

Desde la puerta de la cocina que daba al sur, fue ella la asombrada, mi madre. Juntos observamos perplejos el trompo cilíndrico y bailarín, cual duende de cajita musical que en el circular movimiento parecía separar el vestido del cuerpo, llevarlo hacia arriba tapar los brazos hasta la cabeza y de esa manera, ver las piernas flexionar de mil formas distintas dando saltos eternos en el cielo, zigzagueando y al llegar al fondo de la pista, volver sobre sus pasos y avanzar más alto, más alto… Pero esta vez no era blanco el vestido, sino gris muy oscuro, casi negro, alejándose más y más hasta perderlo de vista, cual globos largados al cielo, en dirección sureste.

Mi padre, dentro de la casa caminaba hacia la puerta del frente, con lentos movimientos abrió la puerta, y avanzó, al llegar a la vereda exclamo:

¡No quedó nada de la casa de Don Aimar !

Dentro del asombro de todo lo que habíamos visto con mi madre, esa visión de la nada, del vacío, que existía al finalizar el Bulevar, nos inundó la certeza de que debíamos ayudar…

Fue Atilio que emprendió el camino hacia el lugar de la nada de ese claro desconocido, Antonio Torelli, que vivía enfrente, se acerca hacia nosotros y junto a mi padre, avanzamos por la vereda sur. Al llegar a la casa de Juan Carlos Ballario, notamos que crecía el número de personas afectadas e iniciamos lo que sería el rescate. Nuestra sorpresa fue al llegar a la esquina de Santa Fe y observar que sobre las casas de Danilo Azzoni y Julio Tadavich, uno de los silos de la Cooperativa se encontraba como una galera truncada sobre el techo de las viviendas. Juan Carlos preguntó ¡¿Están Bien?!, y la respuesta no se hizo esperar: – Ayudemos a la familia  Aimar.

Los últimos 100 mts fuimos por el centro del bulevar, daba una sensación rara ver los árboles, que a medida que nos acercábamos, iban perdiendo las hojas, las ramas… Los últimos estaban muertos de pie, desnudos sólos con sus troncos. Desnuda, así estaba “Camila”, no era la Venus de mis sueños de adolescente; era una madre perturbada, confundida, con gritos desgarradores que pedía por los suyos. Al verla parada desprovista de toda ropa y con raspones y picaduras en todo el cuerpo, bajé la vista por pudor, y creo que Nancy Ludueña cubrió su cuerpo con unos harapos encontrados en medio del desorden, que por supuesto estaban mojados.

La casa era un montón de escombros, y debajo de ellos estaba su familia, y ante las preguntas para orientar la búsqueda, sobre dónde estaban los chicos, su esposo; respondía que en los dormitorios y cocina. Era imposible reconocer que montaña de escombro pertenecía a cada sector. Comenzamos a sacar ladrillos y arrojarlos para todos lados, pero fue Juan Carlos que organizó el rescate y nos reprendió por la forma en que actuábamos. Desde ese momento comenzamos a arrojar los escombros hacia afuera¸ bien lejos. Primero encontramos a Mario, con golpes en todo el cuerpo y sobre todo en un brazo y mano, mi padre estaba ahí parado sin poder hacer nada, angustiado,… Fue cuando Juan Carlos le dijo:

“¿Podría ir hasta la policía y dar parte de lo ocurrido?”. Afirmando que era lo único que podía hacer, aún en el estado de las calles, rumbeó por bulevar pasando enfrente de nuestra casa hacia la Jefatura, ubicada en 9 de julio y Cabal.

Los vecinos continuábamos removiendo escombros. Dentro de la desesperación y angustia de todos, encontré a Roque, y al descubrirlo de los escombros observamos que tenía fracturas en una pierna y golpes en todo su cuerpo…, lo llamativo en ese momento fue no encontrar muestra de dolor en su rostro: no hablaba no respondía a las preguntas, estaba confundido, seguramente no entendía lo sucedido.

Antonio encontró la hermana, Viviana, (la hija de Camila) de la que sólo podíamos ver una parte de la pierna. Se encontraba como si el cuerpo estuviera boca abajo. No tenía un mínimo movimiento, no respondía, estaba tiesa y  creyéndola en peores condiciones que los hermanos (Mario y Roque), se alejó y dio lugar a los adultos para que la rescataran. Fue increíble poder sacarla con vida  debajo de tantos escombros.

La búsqueda continuaba y don Aimar no aparecía… Fue Juan Carlos quien lo halló, descubrió parte de su cuerpo y al tomar una de sus manos, bajó la cabeza y fue la señal que los adultos comprendían, y exclamó: – “no llegamos a tiempo para rescatarlo, se fue por falta de oxígeno”. Don Aimar fue de ese modo el único que había llegado al centro de atención de salud en camilla y a campo traviesa. El resto, arribaba sobre puertas, chapas, sabanas, camionetas… En ese momento llegó mi padre acompañado por mi hermano. Poco quedaba por hacer…Camila…, con esa mezcla de dolor y alivio, que como madre la invadía, había perdido a su esposo, pero contenía a sus hijos…

Miramos alrededor y pudimos ver gallinas sin plumas, tractores desparramados, y más objetos que no concordaban con el lugar y el paisaje natural  acostumbrado a observar.

Vamos a ver cómo está el Abuelo, – dijo mi padre- y caminamos hasta la ruta, y por ésta hasta pasar los silos de la Cooperativa Federal Agrícola y Ganadera, que se encontraban dispersos por todos lados e impedían ver hacia el Norte. Fue entonces cuando tuvimos enfrente, la magnitud de lo ocurrido. Nada quedaba en pie, un largo vacío penetraba por nuestras retinas: claridad, árboles inexistentes, otros erguidos y desprovistos de follajes, con chapas como bufandas al cuello y sus ramas-brazos mutilados, parvas de escombros donde antes existían casas, soledad, y ese sonido cada vez más intenso… llantos?.

Mi padre, trató de correr no puedo, sólo acelero el paso y con mi hermano, esperamos lo peor. Frente a lo que era Sabertta (concesionaria de autos Chevrolet), logramos divisar que de la casa de Agustín, mi abuelo, sólo quedaba una parte en pie, la cocina, que tenía techo de losa y a pesar de que estaba separada de la pared, permanecía en equilibrio sobre ella. Papá nos dijo: “seguro que están debajo de la mesa, porque siempre él nos decía que era el lugar seguro cuando había tormenta”. Al llegar encontramos a José María, mi tío, parado en medio de todos los escombros. Recién había podido salir desde la cocina, al destrabar la puerta que aprisionada por los muros caídos, impedía el auto rescatarse del refugio donde se encontraban, como nos había contado Atilio. Así uno a uno fueron saliendo, la tía Suni, mis primos Víctor Hugo y Marcelo, y…¡el Abuelo Agustín!

Mirar alrededor era devastación total. La casa estaba sobre 9 de Julio, enfrente del Hotel California. En el primer piso de éste, se encontraba una Renoleta Beige, que estaba originalmente estacionada a 300 metros al sur (Independencia casi esquina Santa Fe, en un taller Mecánico propiedad de Audicio).

En el pilar de Luz de la casa del Abuelo se encontraba una moto Fird abrazándolo. ¡Fue imposible quitarla!. Durante el rescate de pertenencias entre los escombros encontré la tapa del reloj de bolsillo del Nono, que como era costumbre lo había dejado sobre la mesita de luz, pero ya no había mesita, roperos, camas… Todo estaba destruido y mezclado con mampostería, tirantes, chapas y objetos de otros vecinos. Se lo doy a mi padre en la mano, y él lo observó en silencio, miró alrededor y aún con la tapa aprisionándola me dijo: de qué sirve, aún encontrando la máquina, cuando lo más importante, el techo, no lo tiene; y fue en circular movimiento arrojado al aire. Después de varias horas tratando de acomodar lo poco que servía, nos retiramos, y como llamándome, brillante, podía ver la figura igual a la que antes había entregado a mi padre. Sí, era el reloj de plata del abuelo, entre mis manos noté que estaba roto por un golpe en el número 10, faltaba el vidrio y una de las agujas sin la punta, detenidas a las 13,50 (dos menos diez, costumbre de estos lares). Desde ese momento lo atesoro. Pasaron los años y una vez intenté hacerlo arreglar, el relojero adaptó un vidrio, repuso la aguja rota, pero, la máquina siempre se detiene en la misma hora.

De regreso a casa todo me impresionaba, ví el “bendito hecho” por el tornado, con tirantes, chapas y objetos diversos, gracias al cual salvó su vida una persona en sillón de ruedas, silla que se encontraba aprisionada por los escombros. Una camioneta Ford F 100 color azul dentro de un horno a leña de panadería, el local tenía todas las paredes hasta la altura del dintel, y el vehículo no podía haber rodado para ingresar donde se encontraba, solamente a través del techo que no existía. – Si bien no vi volar a los autos, no encuentro otra explicación como los sucesos que relato: “los papelitos habían cambiado nuestra ciudad para siempre”.

La contención de familiares y amigos en esas horas, era fundamental para los sanjustinos. En nuestra casa se alojaron mi abuelo, mis primos y tíos. Cuando comenzaba a oscurecer, llego desde Marcelino Escalada, mi hermana Susana con Rubén mi cuñado, que sabiendo  que no había electricidad, traían un motor a explosión “Villa” para poder sacar agua a través del bombeador, pues no contábamos con el tendido de agua potable,. Estábamos con velas y el sol de noche a kerosene, cuando llegó mi tío Luis Ferrero, pidiendo que lo acompañasen, porque no encontraban al hermano de su yerno Luis Lenarduzzi. Comenzamos el largo peregrinar en busca de datos. En la Policía se encontraban los cuerpos para su identificación, los uniformados no me permitieron ingresar. Al regresar, mi padre y mis tíos, comentaban el estado de los cuerpos y realmente los relatos eran macabros. Nos dirigimos a los sanatorios y nos sugirieron el hospital, no se encontraba entre los heridos, pero lo hallamos entre los cuerpos. Fue en ese momento que Mario tuvo un ligero movimiento. Era tal la confusión, que llamamos a uno de los enfermeros quien constató que aún estaba con vida. Fue enviado de inmediato a Santa Fe y varios meses de terapia fueron necesarios para su recuperación.

Pasó el tiempo, pero las sensaciones siguen ahí, algunas se cuentan, se hablan, nunca se esfuman, otras, hay que esperar que maduren…Sin embargo, algo dejaron estas largas jornadas, fue el trabajo solidario, la vocación de servicio, los afectos por sobre las cosas materiales; el trabajo en equipo, aún sin conocerse los solidarios que lo integraban.

Los hechos acontecidos se sufrieron junto al dolor de esos días, y también sufrieron al recordarlos. Por eso la reconstrucción de esta historia involucra a toda la sociedad que ya lleva consigo las huellas del pasado, para construir un presente y un mejor futuro.

San Justo nunca fue la misma y su gente cambio con ella…es la historia con sus heridas las que nos identifica y nos une. Es la memoria colectiva la que debemos afianzar cada día más porque las heridas nunca dejarán de doler y los que se fueron nunca serán olvidados.

*Jorge “Palito” Debona: Ciudadano de San Justo. Docente. Delegado sindical de Amsafe San Justo