(Por Ricardo Serruya)

Habitantes de la provincia de Santa Fe parecen re-editar la historia de David y Goliat. Un grupo de ciudadanos vienen tratando de ganar una pulseada por demás de injusta: por un lado se encuentran habitantes preocupados (y ocupados) –entre otras cosas- por la salud de la población, en el otro lado de la mesa, un grupo de empresarios del agro-negocio y funcionarios políticos miran para otro lado.

 

Desde hace más de cuatro años diferentes proyectos para limitar las fumigaciones en el territorio provincial se encontraron con la negativa a ser tratada por diputados o senadores. No es que se oponen, sino que –directamente-no tratan los proyectos. El paso más largo logrado fue el tratamiento de un proyecto por parte de la cámara baja, pero sin logro alguno en el recinto de los senadores.

Así las cosas, la provincia de Santa Fe no posee ley para la nueva producción agrotecnológica y , entre otras, cosas las fumigaciones resultan ser incontrolables.

El segundo estado argentino es regido, en este aspecto, por una antigua norma que lleva el número 11273, llamada ley de productos fitosanitarios sancionada en el mes de septiembre de 1995, que queda absolutamente vetusta al actual modelo agrotecnológico-fumigador.

Mientras nuestros diputados y senadores hacen “mutis por el foro”, el aire, el agua, y los cuerpos se envenenan. Mientras los representantes santafesinos deciden no tratar la problemática, los alumnos de las escuelas rurales, en épocas de fumigación, no salen al recreo por el temor de sus docentes a que se enfermen.

Mientras los proyectos duermen el sueño de los justos en algún oscuro cajón de escritorio, los porcentajes de enfermedades como el lupus, los problemas respiratorios y de piel y los casos de cáncer y leucemia se duplican o triplican.

Más de 30 mil firmas fueron presentadas solicitando se trate la problemática. Son 30 mil voluntades que gritaron hasta la afonía pero que no alertaron los sordos oídos de diputados y senadores.

¿Cuál es la razón por la que legisladores toman esta actitud?. Una primera respuesta se limitaría a una cuestión de conveniencia política-económica. Y es cierto: muchos de ellos tienen intereses personales, muchos son productores o poseen alguna relación económica empresarial con este tipo de producción. Otros son títeres de los verdaderos dueños de los departamentos que dicen representar y obedecen mandatos.

Y si bien todas estas explicaciones son valederas, una lectura más política diría que hay un fondo más complejo y es la matriz capitalista de nuestro sistema que vuelve a enfrentar a sectores extremadamente desiguales.

Una pelea despareja que muestra la enorme contradicción que el imprescindible teólogo brasilero Leonardo Boff ya relatara hace un tiempo y que se da, palpablemente entre el capitalismo y la ecología.

Es que, como bien dice Boff “… por primera vez en el proceso conocido como hominización, el ser humano se ha dado a sí mismo los instrumentos de su propia destrucción… La lógica del capital, como modo de producción y como cultura, es ésta: producir acumulación mediante la explotación de la fuerza del trabajo de las personas, por la dominación de clases, por el sometimiento de los pueblos y finalmente por el pillaje contra la naturaleza-“

El cura brasilero, uno de los padres de la teología de la liberación encuentra una dialéctica por demás de interesante al relatar que entre ecología y capitalismo se identifica una contradicción básica, y afirma que donde impera la práctica capitalista se envía al exilio o al limbo la preocupación ecológica, sin poder concretar acuerdo alguno

Es tan claro como tajante cuando afirma que “ El capitalismo no sólo quiere dominar la naturaleza, sino arrancar todo de ella, depredarla.” Y más aún cuando plantea que la humanidad debe decidir si quiere continuar viviendo o si prefiere su propia autodestrucción.

Y en esta terrible dialéctica el poder sabe de qué manera agobiar, esconder, estirar tiempos y hasta desilusionar pasiones.

El noble y digno colectivo “paren de fumigarnos” (una unión de asociaciones ambientales, políticas y sindicales que se unen para peticionar normas más claras y

límites cuantitantivos, cualitativos y espaciales en las pulverizaciones) creó una ley para que sea discutida en la legislatura santafesina.

Ya no había excusa para no tatar la normativa. Entonces la estrategia fue otra: presentar otro proyecto para dilatar –una vez más- los tiempos

El proyecto de “Paren de fumigarnos” se presentó con la firma de, entre otros, el diputado Jose Tessa, el oficialista, el proyecto de cambiar un poco para que nada cambie, por la diputada Bertero.

Con dos proyectos sobre la mesa ahora la discusión , en el mejor, de los casos, duplicaba los plazos: acuerdos que no se logran en las comisiones, sesiones que se suspenden, consensos que se dice que se buscan pero que en realidad se evitan fueron el abanico de excusas para no tratar la problemática.

De nada sirvieron movilizaciones, radios abiertas, eternas reuniones…. El poder había encontrado la forma de “entrampar” la situación.

Y mientras litros de café destilan por despachos donde poco se discute, millones de santafesinos se envenenan producto del modelo de agricultura transgénica que rocía con veneno los productos que “desde el campo van hasta su casa”.

No es esta una afirmación sin demostración empírica y científica. Productos como el arroz o la soja son manipuladas genéticamente necesitando cada vez mas altas dosis de veneno.

Lo afirman científicos, doctores, investigadores y hasta la mismísima OMS y sin embargo el glifosato y el 2,4-D se siguen comercializando.

Dejaremos para otra entrega el análisis pormenorizado del autismo legislativo que los representantes santafesinos generaron en este tema. Nos limitamos en esta presentación mostrar la problemática desenmascarando las estrategias de “ninguneo” llevadas a cabo e intentaremos demostrar el grado de complicidad en el envenenamiento que se está produciendo en nuestra población tanto rural como urbana

Pues muchos que viven en ciudades, lejos de polos productivos agropecuarios, pueden suponer que están exentos de sufrir algún tipo de contaminación por agroquímicos.

Nada mas falso

Millones de argentinos consumen diariamente cereales, frutas, verduras y hortalizas que, en su mayoría, no atraviesan control alguno. O que estarían prohibidos en Europa y EE.UU., por superar los límites permitidos de agrotóxicos.

Y los legisladores santafesinos lo saben.

En el mes de mayo del año 2006, la Cámara de Diputados santafesina elevó al Ejecutivo provincial un pedido para que se informe sobre la presencia de plaguicidas y otros residuos peligrosos en leche materna y en productos lácteos industriales como leche, yogur y postres destinados sobre todo a los más chicos.

El pedido no era caprichoso, por el contrario se basaba en estudios realizados por investigadores del Laboratorio del Medio Ambiente de la Universidad Nacional del Litoral, coordinado por la doctora en Química Argelia Lenardón, sobre muestras obtenidas en el Hospital de Niños de Santa Fe y un hospital zonal del norte de la ciudad. Aquél estudio relataba que en el 86 por ciento de esas muestras se halló al menos un plaguicida de alta toxicidad, algunos incluso de uso prohibido.

Según los expertos, los plaguicidas viven decenas de años en la tierra y se trasladan muchas veces con los vientos o son comidos por las vacas junto con el pasto, y así entran a la cadena alimentaria hasta llegar a la leche que se consume en los hogares.

La EPA (Agencias para la Protección Ambiental de los EEUU) sostiene que la exposición dietaria a los plaguicidas ocurre a través del consumo de alimentos domésticos e importados que contengan residuos de estos químicos y de la ingestión de agua potable contaminada.

Quizás el caso más emblemático –al menos de los conocidos- sea el del barrio Ituzaingó, de la capital cordobesa, donde un grupo de valientes madres denunciaron su caso hasta nacionalizar el tema, demostrando el grado de contaminación sufrida por ciudadanos era alarmante y hasta pudieron enjuiciar a un productor y a un aeroaplicador en el primer juicio penal sobre contaminación

La postal se repite en las poblaciones cordobesas de Monte Cristo, Mendiolaza, San Francisco , Monte Maízy en las santafesinas San Lorenzo, Firmat, San Justo, Las Petacas, Máximo Paz y Piamonte.

Si la dieta del habitante exceptuara alimentos tales como hortalizas, frutas, legumbres o cereales, igualmente no estaría excepto de contraer contaminación. Un estudio realizado por el Laboratorio de Endocrinología y Tumores Hormonodependientes de la Facultad de Bioquímica y Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional del Litoral encontró residuos de plaguicidas en 76 mujeres que viven en Santa Fe y sus alrededores, no expuestas laboralmente a estos tóxicos.

Entre las pacientes, 54 fueron diagnosticadas con carcinoma invasivo y 17 con patologías mamarias benignas. El 70 por ciento de ellas tenía una dieta rica en carnes rojas y embutidos.

Se trata del primer reporte completo de la Argentina en cuanto a las concentraciones de residuos de organoclorados en mujeres de los últimos 30 años.

Las conclusiones son claras; vivimos con el veneno, está en los alimentos, pero también en el aire, en el agua.

El veneno no tiene fronteras.

Son estos datos que vomitan la realidad y que debiera obligar moralmente a los legisladores santafesinos a debatir el tema, a obedecer el mandato de millones de coterráneos y de 30 mil firmas que así se lo piden.

La frase puesta dos párrafos atrás resulta incompleta: el cierto: el veneno no tiene fronteras, la caradurez, el egoísmo y la desfachatez… tampoco.-