Por Ricardo Serruya
En diferentes simposios, discursos y conferencias personalidades del mundo siguen negando la existencia de una crisis climática profunda. La evidencia es clara. Empíricamente pueden apreciarse manifestaciones que demuestran claramente que estamos en una encrucijada climática.
Además la evidencia científica también demuestra que sufrimos una modificación de las condiciones climáticas que, de no cambiar, terminará con la vida del planeta.
Cuando el 2026 se desperazaba expertos volvieron a alertar sobre la situación y alertaron que el riesgo en que vivimos es aún peor de los que creemos e, incluso, de lo que manifiestan ciertos modelos climáticos. Es lo que anunció –con escasa difusión mediática- el Instituto y la Facultad de Actuarios (IoFA) del Reino Undo y la Universidad de Exeter que anuncian que algunas predicciones que atemorizan, en realidad son optimistas. En parte de su alerta aclaran que no se tratan de errores técnicos, sino de una subestimación estructural del problema y, didácticamente aclaran que “se está mirando el problema con lentes que ya no sirven”.
Lo anunciado por expertos –que en muchos casos asusta- es inferior a lo que realmente sucede.
EL DOCUMENTO Y LA ADVERTENCIA
El documento lleva por título “La sombrilla perdida”, y plantea que de no modificar el modelo de producción y de consumo el calentamiento global alcanzara el aumento de los fatídicos 2 grados centígrados en el 2050, o sea antes de lo anunciado.
Si esto sucede, como se viene anunciando hace ya un tiempo, los impactos sobre el entorno natural, pero también sobre la vida de distintas especies, incluidos los seres humanos, será trágica, pues la vida sería, en algunos casos, imposibles y en la mayoría, muy difícil.
La mayor crítica realizada a estudios previos, se centra que no se tiene en cuenta la velocidad real en la que se están produciendo cambios lo que genera una falsa sensación de control y, por ende, de lo que se considera como tiempo disponible para reaccionar.
En un tramo del trabajo se aclara que la emisión de gases de infecto invernadero está haciendo que las temperaturas aumenten aún más rápido de lo previsto y aclara que lo que se denomina “sensibilidad climática” (la medición del calentamiento de la tierra cuando se duplican las concentraciones de dióxido de carbono) es cercana a los 4 grados centígrados lo que implica que, aún con el mismo nivel de emisiones. el planeta se calentaría más de lo que se viene enunciado causando cambios irreversibles o muy difíciles de detener y generando además lo que denominan “cascadas de inflexión” donde la desestabilización de un sistema (por ejemplo el colapso de las capas de hielo o la degradación de la Amazonía) puede amplificar el colapso de otros. Como si se tratara de una ficha de dominó que voltea a las otras de manera progresiva.
Nada de lo planteado resulta exagerado o falso.
Hace ya casi 10 años que se viene alertando que la humanidad no debe superar el límite de un grado medio centígrado de aumento con respecto a la era pre industrial. Ya en el 2015, cerca de 200 países se comprometieron a no cruzar este umbral, algo que –al menos por ahora- solo quedó en buenas intenciones, pues ese acuerdo firmado en París ya no es alcanzable. Lo datos dados a conocer en estos últimos días afirman que el calentamiento global avanza más rápido de lo previsto y, paralelamente, la reducción de la extracción y uso de combustibles fósiles no se detiene. Un combo fatal.
Nada de lo que aquí se publica no se encuentra avalado con el trabajo, la investigación y el informe de entidades científicas respetuosas. La Organización Meteorológica Mundial, una institución creada por Naciones Unidas en 1950 y especializada en el tema, informó que el año pasado fue el tercer año más caluroso de la historia de la humanidad y el ascenso fue entre 1,44 y 1,48 grados centígrados por encima de los niveles pre industriales, o sea, al borde de lo que se había propuesto como límite a no cruzar hace once años.
Igual grado de alerta presentó el programa de observación de la tierra de la Unión Europea, conocido como Servicio Climático Copermicus, que realiza una observación del planeta y sus modificaciones a través de un serio y persistente trabajo concretado por satélites no espaciales. Uno de sus últimos informes expresó que el ritmo actual de calentamiento que se había acordado en París, se puede superar antes que termine esta década, o sea más de diez años antes de lo que se proyectaba.
La vara se corrió y el objetivo de supervivencia en este presente pareciera no ser no cruzar ese umbral, sino como adaptarnos, algunos, a ese escenario y cuantos quedarán en el camino.
CONSECUENCIAS ECONOMICAS
Resulta lógico que mentes que se enfocan en un desarrollo ilimitado (una necedad pues no puede haber explotación infinita en un mundo finito) no se preocupen por los consecuencias graves que se producen en el ambiente. Lo que es difícil de comprender es, que estas mentes tan economicistas, no vean las terribles y profundas consecuencias económicas que esta situación genera.
Así lo aclara también este documento cuando, textualmente, afirma que: “La alteración de los sistemas alimentarios e hídricos, el aumento de enfermedades, la migración forzada y la pérdida de productividad pueden presionar la inflación y desestabilizar mercados financieros.” y más adelante sostiene que hasta las aseguradoras podrían retirarse de las coberturas en algunas zonas generando lo que denomina insolvencia planetaria, algo que no resulta ilógico si se piensa que otros estudios científicos relatan que, en los próximos cinco años, y por este motivo, la economía podría contraerse en un 20%.
Como se ve no se trata solo de consecuencias ambientales, donde la vida de diferentes especies de fauna y de flora se pierden, el entorno se modifica –para mal- y mueren miles de seres humanos, sino también económicas. En este contexto resulta inentendible el negacionismo y también incomprensible que no se tomen medidas de reducción de emisiones de gases por producciones fósiles y la eliminación del exceso de carbono.
Es cierto que todo lo que se haga –y lo que no- hoy solo alcanza para palear las consecuencias. Frenar ya no es posible, pero la falta de acción aumenta el riesgo de generar medidas más extremas aún, y nadie podrá decir “no sabía” o “no me avisaron” (como alguna vez expresó un ex gobernador santafesino luego de la peor inundación de su historia) porque la ciencia y el mundo ambiental lo viene alertando desde hace tiempo.
EL MUNDO, UN INFIERNO
Si ésta incompleta, pero necesaria, evidencia científica no alcanzara para demostrar en el lugar que nos encontramos, lo que ocurre en el mundo, lo que diariamente nos enteramos debiera ser prueba necesaria para alarmarnos.
En la actualidad la mitad de la superficie terrestre sufrió más días de lo que se conoce como “estrés térmico” o sea la respuesta del cuerpo a condiciones ambientales de calor extremo, la incapacidad de los organismos para regular su temperatura que, si es elevada, afecta la salud y la productividad. Se estima que casi el 10% de la población mundial vive en regiones con temperaturas medias anuales récord.
En 2025 la Antártida registró su año más caluroso, paralelamente el hielo marino polar tuvo en febrero su nivel más bajo desde 1970, año enque comenzaron a realizarse observaciones satelitales.
Mónica Gálvez es periodista de la agencia Associated Press y publica un indispensable trabajo que revisa lo ocurrido (o habrá que decir sufrido) en el mundo en año pasado. No se trata de un dato más, pues se considera que el 2025 es, al menos por ahora, el año en que el cambio climático dejó de ser una alarma para el futuro para transformarse en una realidad del presente. Acompañado con imágenes que demuestran claramente lo que sufren territorios y los cuerpos que habitan esos territorios evidencia que en distintas geografías los fenómenos trochan vidas, destruyen ecosistemas y generan crisis económicas.
Relata algunas de estas realidades y, por ejemplo, muestra como en noviembre del año pasado, un súper tifón golpeó con inusitada fuerza en Fung-wong en Filipinas que obligó a grandes bolsones de la población e emigrar: más de in millón de personas tuvieron que ser evacuadas.
Lo ocurrido en Filipinas se repite en diversos rincones del mundo: familias enteras deben huir de su entorno pues ya resulta imposible vivir, son los nuevos refugiados ambientales. Resultan ser tantos que hoy, esta categoría es, por primera vez, la mayor en cantidad de personas. Hoy son más los individuos que deben emigrar por fenómenos climáticos que los que lo hacen por guerras o persecuciones raciales o políticas. Nunca antes había ocurrido.
Un mes antes, cuando ya expiraba octubre el huracán Melissa, que llegó a la categoría 5, causo inundaciones, destruyó viviendas y generó otros daños en Jamaica, Cuba y Haití. El fenómeno fue tan agresivo que, si bien todavía no hay cifras oficiales de muertos, se calcula que decenas de personas perdieron la vida y miles quedaron en la ruina.
Por esos días México sufría intensas lluvias que provocaron no solo inundaciones severas sino que deslizó la tierra en varios estados, principalmente en las populosas ciudades de Veracruz, Hidalgo, Puebla y Querétaro. Fueron tan copiosas las lluvias que no solo desbordó cualquier infraestructura de desagües sino que además ocasionó el desborde de ríos inundado calles, trasladando vehículos y casas que quedaron tapadas por el lodo. Se calcula que más de 60 personas perdieron la vida y todavía hay decenas de desaparecidos y desaparecidas.
Ese fenómeno climático además afectó a más de 100 mil viviendas, destruyó infraestructura y servicios y dejó en la ruina a pequeños y medianos productores que perdieron sus granjas, sus cultivos y sus animales.
Nuestro país no escapa a esta realidad: fuertes lluvias provocaron inundaciones por la intensa cantidad de agua caída poco tiempo y por el desborde de ríos, arroyos y lagunas. Campos de la provincia de Buenos aires se encuentran inutilizados desde hace meses y gran parte del ganado pereció.
El año 2025 volvió a mostrar incendios forestales que destruyó antiquísimos ecosistemas en todo el mundo. La realidad fue vivida por países desarrollados y otros no tanto.
En enero del año pasado el fuego devastó el área metropolitana de Los Ángeles. Lo mismo ocurrió en España, Grecia Turquía y Albania. En todos los casos el fuego descontrolado ocurre por intensas olas de calor, sequías prolongadas vientos secos y genera enormes pérdidas ambientales, humanas y económicas.
A la hora de publicar este artículo la Patagonia Argentina y la chilena sufren uno de los peores incendios de espacios verdes.
La evidencia científica es contundente, tanto como lo es la realidad empírica. Sin embargo, como relata Joan Manuel Serrat en su canción “A quién corresponda” la tierra “cayó en manos de unos locos con carnet” que miran para otro lado y ponen al mundo muy cerca de una nueva extinción masiva.