Aclaración necesaria antes de comenzar a leer este artículo: Lo que se publica a continuación es una crónica de lo vivido en el Foro Internacional por el Derecho a un Ambiente sano que se realizó en Asunción del Paraguay. Los testimonios son tan elocuentes y algunos tan desgarradores que, violando normativas periodísticas, está escrita en primera persona, pues cada relato, cada vivencia fue asimilada más por el cuerpo y el sentimiento que por la razón
Por Ricardo Serruya.
Invitado por la Organización paraguya Base-Is, este periodista estuvo participando, en Asunción, del Foro Internacional por el Derecho a un Ambiente Sano.
El interesante evento se realizó los días 27 y 28 de agosto y centró sus debates en los impactos que deja el extractivismo en comunidades rurales tomando a la comunicación como herramienta de denuncia.
Base Is es una asociación civil sin fines de lucro que funciona desde el año 1989. Se presenta como un centro de estudios y de capacitación de carácter autónomo dedicado a la investigación en el campo de las ciencias sociales y difusión de conocimientos sobre la realidad paraguaya, orientando su accionar fundamentalmente al servicio de las organizaciones populares.
En las dos jornadas por ellos organizadas, expusieron integrantes de organizaciones como “Vía Campesina” y la “Red de salud Antonio Carrillo” , médicos, sociólogos, periodistas, realizadores visuales. El saber científico y las producciones periodistas se entremezclaron con el saber concreto de campesinos y pueblos originarios, concretando así una mixtura sumamente necesaria, interesante y enriquecedora.
Nuestra participación tuvo que ver con la experiencia del sitio web-doc “Mancha Venenosa” (https://manchavenenosa.ar) que trata la realidad de las escuelas fumigadas en las provincias de Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y Buenos Aires y que venimos produciendo desde hace cinco años.
Las dos jornadas compartidas dispararon una serie de ideas y reflexiones que se comparten a continuación.
Una vez más queda claro que el extractivismo no sabe de geografías. Más allá de la crueldad con la que fue expresado, el grupo Syngenta tiene razón cuando habla de la República Unida de la Soja.
Syngenta es una empresa multinacional suiza que fabrica agrotóxicos para el uso de la agricultura. Actualmente es el grupo empresarial más grande el mundo que se ocupa de estos químicos. Su factura anual supera los 23 mil millones de dólares .
Organiza su actividad en cuatro regiones, siendo una de ellas la de América Latina integrada, en el sur, por Brasil, Bolivia, Chile, Uruguay, Paraguay y Argentina.
En el año 2003 esta corporación publicó un aviso publicitando sus servicios en los suplementos rurales de los diarios a Clarín y La Nación. Allí utilizaba el nombre “República Unida de la Soja” a los territorios del Cono Sur en los que se sembraba este poroto. Se trató de toda una declaración de principios coloniales que explicaba el proyecto de convertir a toda esta región en un enorme territorio de producción transgénica.
Más allá de la impunidad de este discurso, Syngenta tiene razón. Han transformado a nuestros países en un territorio sufriente, en una zona de sacrificio donde los pesares no saben de fronteras.
El foro desarrollado en Asunción del Paraguay así lo demostró. Las coincidencias en el relato de pequeños y medianos productores, las consecuencias que se viven en los entornos y en los cuerpos que lo habitan son idénticos a los que se ven en nuestro país.
Está claro que el extractivismo no sabe de geografías.
Un productor yerbatero Paraguayo de nombre Vidal Britez de la zona de Paso Yobai, en el sur paraguayo me cuenta que en su zona se instaló una mina a cielo abierto, que con sus desechos contamina los cursos de agua y que por eso ya casi no pueden producir yerba. Con la mirada en el infinito relata “ todo está contaminado, el agua ya no sirve ni para riego, el río que era marrón ahora está amarillo” y pienso en los habitantes de Jachal, San Juan que tienen su río contaminado, que su color mutó y ahora también es amarillo, que no pueden usar para consumo humano ni para riego de sus productos regionales. Es inevitable no pensar en la gente de Andalgalá que tampoco puede usar el agua de sus ríos para riego de sus producciones.
Los relatos de los jachalenses y de los habitantes de Andalgalá resuenan en mi memoria cuando fueron entrevistados y son un calco de lo que cuenta Vidal.
Saúl Zeballos, de Jachal, es más de una ocasión relató los pesares de los habitantes del Departamento Iglesias que ya no pueden consumir agua que sale de la canilla ni regar la vid. Rosa Farías de Andalgalá en más de una oportunidad me ha contado que deben comprar agua envasada y que lo que ofrece el río ya no sirve para el riego de los nogales o los durazneros.
En los pasillos del hotel donde se realizó el foro me encuentro con un productor ecológico, me cuenta que cerca de su chacra fumigan y arruinan sus producciones de auto consumo , que, junto a su hermano, se movilizaron y protestaron y que hoy su hermano está preso y el procesado. Mientras lo escucho viene a mi memoria las imágenes de mujeres que viven en Malvinas Argentinas, Córdoba y que por oponerse a la instalación de una fábrica de semillas de Monsanto, fueron perseguidas, procesadas y hasta encarceladas.
Como si se tratara de una película, y sin quererlo, vienen a mi cabeza imágenes de ciudadanos y ciudadanas mendocinas, brutalmente reprimidos, encarcelados, procesados por defender el agua en un territorio donde esta escasea cuando el gobierno de esa provincia, violando leyes, proponía instalar emprendimientos de minería a cielo abierto.
Una mujer del interior profundo de Paraguay me dice que ella y su comunidad vienen peleando desde hace años para que no fumiguen cerca de las escuelas rurales porque enferma a los niños y las niñas. El día anterior habíamos presentado nuestro trabajo donde padres y madres, enfermerxs, docentes, médicxs de Santa Fe, Buenos Aires, Entre Ríos y Córdoba expresan lo mismo.
Abrumado por tantos pesares pero a su vez fortalecido por tanta lucha y movilización concentrada me siento a escuchar una de las mesas. En el frente , sentados, un grupo de médicos paraguayos relatan y muestran como está afectada la salud de habitantes rurales del vecino país producto de las fumigaciones con las que conviven. Dicen que aumentan los casos de cáncer, hipotiroidismo y hasta abortos espontáneos.
Si cierro los ojos y no veo a quienes están hablando podría decir que uno de los que está exponiendo es Damián Verzeñassi de la Universidad Nacional de Rosario, porque lo que escucho, en bella tonada paraguayaes idéntico a los que el director del Instituto de Salud Socio Ambiental contó varias oportunidades. Los mismos pesares, idénticas históricas clínicas, mismos diagnósticos y una misma realidad: territorios donde el agronegocio genera monocultivos y ejecuta fumigaciones.
En esa mesa una doctora habla y muestra estadísticas realizadas por sus pares que marcan que los más chicos sufren enfermedades producto de aspirar un aire contaminado con agrotóxicos. Recuerdo cuando el pediatra cordobés Medardo Avila Vazquez hizo público un trabajo realizado por la Asociación Argentina de Pediatría donde demostraba los casos de enfermedad de los “más bajitos” por vivir en pueblos rurales fumigados.
En el final de esa jornada un grupo de abogados de Paraguay presentan un libro con normativas legales, dicen que no son muchas y que las que hay, no se cumplen. Que no hay control y que mucho de lo que se legisla queda en letra muerta. Imposible no asociarlo con lo que vienen batallando desde hace mucho tiempo la Asociación de Abogados y Abogadas Ambientalistas de Argentina o los profesionales el grupo Naturaleza de Derechos que viene recopilando normativas y presionando para que se cumplan.
Nadie de los que estaban en el foro y que pertenecen al mundo ambiental con nacionalidad paraguaya considera que la hidrovía sea positiva y temen que además de quitarles sus riquezas se dañe el entorno. Al río lo llaman, orgullosamente, río Paraguay y no hidrovía. Lo mismo sucede en Argentina, sabemos que por los puertos privados del sur de nuestra provincia se van nuestras riquezas, que el proyecto Hidrovía daña nuestras barrancas y humedales y gritamos hasta la disfonía que el río se llama Paraná.
Campesinos y pueblos originarios del país guaraní me cuentan que todos los días hay un desalojo violento o una actitud agresiva para con ellos. Imposible no compararlo con familias productoras agroecológicas o integrantes de pueblos originarios que, ahora mismo, en nuestro país sufren violencia y desalojos compulsivos.
Una mujer me habla un poco en español y otro poco en Guaraní y me muestra fotos de personas con malformaciones, otras con manchas en la piel o manos donde no se ven las uñas. Me dice que todos viven en pueblos rurales. Automáticamente llega a mi memoria los necesarios y fuertes registros fotográficos que realizó el fotógrafo Pablo Piovano en su imprescindible trabajo el costo humano de los agrotóxicos.
Me siento en una silla del salón donde se lleva a cabo el foro y vuelvo a ver la película: las escenografías pueden cambiar, los actores pueden ser otros, pero el guión es siempre el mismo. Pongo mis manos en la cara y no puedo creer que la República Unida de la Soja se haya convertido en una zona de sacrificio que enferma y mata a nuestros hermanos.
Pero no me quedo con esa impresión, levanto la cabeza y veo a mucha gente hablando, intercalando sus números telefónicos, saludándose, apoyándose, uniendo sus cuerpo es prolongados abrazos.
Escucho mensajes optimistas, esperanzadores y veo mucha organización y pienso: este es el camino, organizarnos para resistir, pero también para crear un movimiento que respete nada más ni nada menos que la vida de los territorios y de los cuerpos que habitan estos territorios.
Una buena combinación: resistencia y organización para seguir caminando, para seguir viviendo.