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por Federico Ternavasio

“La ficción supera la realidad”, frase dicha hasta el hartazgo, se vuelve a repetir mil veces más en estos días pandémicos. Hay quien diría, capaz en un exceso de snobismo, que para ser más precisos, ficción y realidad están anudadas de tal forma que encontrar el punto donde trazar la división se vuelve un ejercicio inútil.

Y todavía se le puede dar una vuelta de tuerca más. Las ficciones, los relatos, no son más que una forma entre otras de pensar y entender la realidad. No en el sentido de cuentos con mensajes que nos enseñan tal o cual moral, sino que, así como un artículo científico puede darnos la clave de cómo se comporta algún molesto virus global, un cuento, un poema, una novela, piensan la realidad.

Algo de todo esto nos dice una “señora” canosa, sentada en su mesa con algunos objetos y unas hojitas impresas, de frente a la cámara y con un fondo que se mueve casi imperceptiblemente, en el documental biográfico Donna Haraway: Cuentos para la supervivencia terrenal [Donna Haraway: Storytelling for Earthly Survival].

Esa “señora”, Donna, en torno a quien gira el documental que lleva su nombre, es una de las figuras destacadas de los estudios de ciencia, tecnología y sociedad, que luego de la publicación de lo que fue originalmente un artículo científico o paper titulado Manifiesto Cyborg [A Cyborg Manifesto: Science, Techonology, and Socialist Feminism in the Late Twentieth Century] se transformó en una especie de figura de culto.

Dirigido por Fabrizio Terranova, el documental se centra en la vida de Haraway y es ella quien va contándonos cosas sobre su trabajo, sus ideas, su familia y sus varixs compañerxs.

Trailer del documental

En la conversación también aparecen muchos temas complejos. Uno de ellos es la gran pregunta por cómo rebelarse, cómo hacer mundo combatiendo y respondiendo a esa otra forma de vivir que hoy es mayoritaria y hegemónica, y que tiene “capitalismo” como uno de sus nombres. Y es un combate, como dice Haraway, porque “estamos a favor de ciertos mundos y en contra de otros, tenemos que oponernos a ciertas formas de hacer el mundo”.

Muchas veces enigmáticas, otras tantas demasiado confusas, las teorías de Haraway tienden a reflexionar sobre algún tema (los animales de compañía, la identidad, el feminismo) y a la vez también a reflexionar sobre los modos en que se reflexiona. Y en esa línea, inevitablemente, termina reflexionando sobre el quehacer de lxs académicxs.

Así como en la minería, la agricultura o la pesca los modos capitalistas de producir envenenan la tierra, Haraway habla del “veneno” propio de los académicos e intelectuales. Es un “envenenamiento” que llevan adelante imponiendo un relato monolítico y unificado sobre el mundo, acallando los otros relatos que intentan rebelarse y combatir el estado actual de cosas. “Ese tipo de arrogancia -dice Haraway-, que es la arrogancia del académico, la arrogancia de los intelectuales, es nuestro veneno”.

Pero, ¿por qué son tan importantes estos “relatos” para Haraway? Porque “las historias que cuentan los contadores de historias, están, en mi opinión, pensando… y pensar es lo que necesitamos hacer”, no practicar “la disciplina de la filosofía, o de la economía política, o biología, o literatura… las disciplinas se las apañan solas sin mi ayuda, no es que todo lo que pase en las disciplinas sea malo, pero pensar es de lo que nos tratamos, pensar es una práctica materialista con otros pensadores… y algo del mejor pensamiento se hace en el contar historias”.

Relato de dos pájaras

Haraway invita a pensar nuevos relatos, ella misma ofreciendo el suyo con un imaginario que se declara influenciado por el género de la ciencia ficción en su vertiente feminista. Su relato, entre muchas otras cosas, gira en torno a la idea de “hacer parentesco”.

Hacer parentesco tiene el sentido de relacionarse y entablar vínculos de convivencia a la manera de la familia, pero más allá de esa familia “reproductiva” (para evitar decir biológica). Entablar ese tipo de relación familiar sería una de las formas de aproximarnos a una nueva forma de vida a la vez opuesta a esas que nos impone el mundo actual.

Y Haraway va más allá, porque en esa familia no estamos solamente convidadxs lxs humanxs, sino que también todxs lxs otrxs vivientes: animales, plantas y también Gaia, que es el nombre que una corriente contemporánea de filósofxs le están dando a eso que antes llamábamos “planeta tierra”.

Gaia se refiere a esa entidad que tiene la forma de mundo, pero que no es simplemente un “escenario” para la vida, o una suerte de reservorio de recursos a nuestra disposición, sino que es una agente viva, con una voluntad propia por mantenerse con vida a sí misma y a lo que la compone.

Todas estas ideas suenan quizás muy lejanas, y algo excéntricas, pero lo cierto es que forman parte de una corriente de pensamiento que desde hace varias décadas intenta darle sentido a nuestra relación con lo que, tradicionalmente, entendimos como no-humano (así, en masculino).

Si le creemos a Haraway, entonces, tenemos que pensar que hay relatos que están “pensando” todo esto, sin necesidad de tanta elaboración teórica (o al menos sin que sea tan explícita). Uno de esos relatos posibles, quizás, sea una serie de Netflix que se llama “Tuca & Bertie”.

Estrenada a mediados del año pasado, y creada por Lisa Hanawalt, “Tuca y Bertie” cuenta la historia de dos amigas, una tucán que dejó el alcohol y que termina siempre en trabajos un poco extraños, y una pajarita oficinista que se descubre pastelera.

Trailer de Tuca & Bertie (doblado al castellano)

Todo el repertorio de personajes de la serie está constituido por animales y plantas antropomórficos, es decir, animales con apariencia física humana, habitando un mundo muy parecido al nuestro, pero un poco “descocado”, con trenes/serpientes y animales-animales, por ejemplo tortugas que son como las tortugas de nuestro mundo (o al menos así parece). Y para ilustrar cabalmente esto de “descocado”, uno de los mejores diálogos de la serie transcurre entre Bertie y su propia teta, que decide retirarse del cuerpo donde vivía porque ya no soporta a un gallo machirulo de la oficina.

La serie logra entramar un relato que piensa nuestra realidad, con particular énfasis en la condición de género y las miserias del patriarcado. Pero no de una forma obvia o inocente, sino que intentando abordarlo con su complejidad y con su oscuridad, pero sin golpes bajos ni dramatismos forzados. A la vez el arte de Hanawalt nos devuelve la atención sobre todos los vivientes que solemos ignorar (pájaros, plantas, reptiles), al transmutarlos en entidades algo así como “humanas”.

Es una serie, para ponerlo en una palabra, “auténtica”, no es comparable ni a los Simpsons ni a una “sitcom” con sus lugares comunes y cómodos. Tuca & Bertie es simpática y a la vez abre las puertas a sensaciones incómodas, a cómo, por ejemplo, el patriarcado actúa de forma que no se lo puede ver, ni palpar, ni denunciar con tanta facilidad, dejando heridas difíciles de procesar y hasta “seduciendo” a sus propias víctimas.

Pero si algo pone de relieve antes que otra cosa es esa capacidad de hacer parentesco que la Donna Haraway nos dice explica entre risotadas. En la serie es justamente esa la cualidad que permite la supervivencia, porque lo que salva a Tuca y a Bertie de todo lo que les toca es poder pensarse y cuidarse, más que como amigas, como hermanas.

Netflix canceló la serie de Lisa Hanawalt tan solo dos meses después de estrenarla, generando una ola de críticas y reclamos. ¿Por qué cancelar una serie aclamada unánimemente por la crítica y recibida con tanto cariño por su público? Fallos en el algoritmo, dicen por ahí. La serie sigue disponible, pero no habrá continuación.

Una picardía, porque Hanawalt logró con su serie darle una vuelta más de tuerca a lo que ya había logrado Bojack Horseman, donde también ilustró y creó los personajes, aunque siguiendo el guión de Raphael Bob-Wakesberg. Espero algún día encontrar la forma de explicar la conmoción que me provocó Bojack, y ahí dejaré alguna columna sobre esa otra serie, pero hasta entonces, solamente les digo que traten de verla.

En estos días pandémicos en que aparecen tantos discursos de odio, hacen mucha falta otros relatos, al modo de Haraway y Hanawalt, que nos insistan con nuevas formas de decir lo que ya dijo Rulfo: “nos salvamos juntos o nos hundimos separados”.

[Podés ver el documental sobre Donna Haraway haciendo clic acá]

1 thought on “Tuca, Bertie y Donna Haraway

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