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Por Ricardo Serruya

Una de las frases más utilizadas en nuestra vida cotidiana es “les importa un carajo” o “no les importa nada”. La usamos para  acusar la desidia, la falta de empatía, el egocentrismo llevado a cabo por algunos, en actitudes cotidianas y también en  ciertas acciones políticas.

Así, por ejemplo, la usamos si un auto estaciona frente a una rampa  y bloquea el paso para discapacitados o si tapan un desague con bolsas de basura o si algún empleado público no atiende a quienes esperan porque está chateando por el celular.

Son actitudes que nos enojan y que suelen sacar la frase: “no les importa nada”

Usamos estas palabras muy seguido y eso tiene que ver con una falta de responsabilidad ciudadana ante innumerables acciones cotidianas.

Pero  el hecho trasciende lo individual y en muchas ocasiones el dicho se utiliza también, y con alta dosis de enojo, de hartazgo, por acciones sociales, colectivas, que provienen del accionar político.

Un incompleto, hasta irrespetuoso  recorrido del hartazgo social se dio en una serie de episodios ocurrido por estos días.

Veamos

No le importa nada, “no  se privó de nada», dijo por ejemplo el gobernador de Santiago de Estero Zamora en estos días  cuando se enteraba que en su provincia hubo un rebrote de contagios de covid 19 por el accionar de un hombre de apellido Ávila que reconoció haber tenido todos los síntomas de la enfermedad y, no obstante fue al hospital, siguió yendo a su trabajo y hasta asistió a varios asados y reuniones sociales. La imprudencia hizo que  alrededor de 100 familias fueran aisladas y se estima que habría contagiado por lo menos a 300 personas.

No le importa nada, dijo el santiagueño para resumir la irresponsabilidad de este señor, cuando se enteró que se registraban  18 nuevos casos, la cantidad más alta en lo que va de la pandemia. Todos fueron contactos directos de, como le dicen,  Don Ávila, que hasta hizo que el  retorno a clases fuera nuevamente suspendido y se endurecieran las medidas del aislamiento social obligatorio. También tuvieron que cerrar el obrador del lugar donde trabajaba y aislar a 150 personas.

Está claro que a Don Avila no le importa nada porque hasta se negó a dar precisiones de los lugares y personas con las que estuvo por lo que debieron secuestrar  dos celulares para saber qué hizo.

La falta de empatía no sabe de límites, esta semana, en el paquete barrio de Recoleta en Buenos Aires, decenas de jóvenes se juntaron en una cervecería,  sin respetar el distanciamiento social, violando la  cuarentena y sin usar tapabocas. La juntada ilegal se dio en el mismo día en el que se registró un record de contagios.

La irresponsabilidad es también del dueño del bar y por eso el lugar fue clausurado.

Son irresponsabilidades y “mala leche” individuales, Gente a los que no les importa nada. ¿Pero qué sucede cuando esta falta de interés, de empatía, de responsabilidad es política, es social?

Esos sucesos son más graves y afectan nuestro tejido social.

En más de una oportunidad hemos dicho que resulta complicado socialmente vivir con normalidad si nos ocurren, socialmente, tantas cosas graves, pasa el tiempo y nunca sabemos que sucedió o quiénes fueron los responsables.

Una incompletísima lista de hechos realizadas solo apelando a la memoria incluyen: las valijas de Antonini Wilson, los atentados a la embajada de Israel  y a la Amia, la explosión de en Rio Tercero,  la tarjeta Banelco para que los diputados voten  una ley, el dipu trucho, el robo de las torres del puente colgante, los remedios enterrados… y podríamos seguir.

En nuestros días podemos agregar: quienes son los responsables de las quema de  pastizales (viste que nunca aparecen el quien en la noticia?) , la desaparición de Facundo o que pena pueden tener los que rifan nuestros recursos otorgando préstamos incobrables a Vicentin o endeudándonos descaradamente.

No sabemos  exactamente qué sucede y lo que es peor, pocas veces, hay responsables sobre hechos que sufrimos

Lo que si sabemos es que pase lo que pase porque no les importa nada. Y  también sabemos que esto sucede porque hay una sociedad que se lo permite.

Y sigue pasando.

Un allanamiento ocurrido en una comisaría de Buenos Aires encontró un amuleto que usaba Facundo, el joven que hace 102 días no aparece.

Algunos días después de ese allanamiento una serie de objetos  fueron encontrados en pleno campo, en un canal del río Colorado, cerca de Pedro Luro, la ciudad donde nació el joven. En el lugar encontraron huesos y además, semienterradas, ropa y una mochila.

No se sabe si pertenecen a Facundo, pero lo terrible es que supongamos que pueden pertenecer a una persona  desaparecida y que una fuerza de seguridad, como la policía de  Buenos Aires, sea capaz de llevar a cabo semejante latrocinio. De hecho, al lugar se acude por un llamado de vecinos del lugar  que recibe la madre de Facundo que alertan que vieron un  vehículo policial en el  sitio.

Facundo es el macabro espejo de un estado que desaparece gente. Por la trata de personas, por portación de cara o simplemente por qué si. Facundo es un nefasto eslabón de una cadena que tiene, por lo menos, más de 6000 casos de argentinos desaparecidos en democracia.

No les importa nada, atacan la dignidad más preciada. Esta semana agentes de la Guardia de Infantería de la provincia de Tucumán organizaron un asado en la sede de la comisaría de Famaillá y luego de una serie de “brindis” de más entraron a los calabozos, golpearon a los detenidos, los desnudaron en el patio y los hicieron “bailar” mientras seguían castigándolos y tirándoles agua.

Varios detenidos tienen la nariz y las muñecas quebradas, orinan sangre,  algunos no pueden caminar.

No les importa nada, violaron la normativa sanitaria,  se reunieron y está prohibido, tomaron –y por demás- alcohol en la misma comisaría  prestaban el servicio y luego torturaron a detenidos. Y no les importa nada, porque al momento de escribir esta editorial los policías seguían en funciones con el temor que esto genera en los presos de esa comisaría.

Está claro, no les importa nada

A quién si debiera importar lo que sucede es a nosotros, al tejido social, a la comunidad. Ponele el nombre que quieras.

Miramos para otro lado, justificamos lo injustificable. Resulta  violento, muy violento  y hasta enfermizo ir contra el interés propio.

Es poco entendible que haya bolsones de la población que, desoyendo lo que dicen los expertos desafíen un virus mortal,  cuesta entender que después de 37 años de democracia, siendo otra la generación que forma parte de las fuerzas de seguridad, sigan ejerciendo los métodos de la dictadura, desapareciendo o torturando.

¿Cómo es posible que el hombre, en pleno siglo 21  siga atentando de manera tan cruel contra su semejante?. Freud –que algo de esto sabía- decía que “hacer de “lo propio”, “lo normal” o “la medida común” es un mecanismo  que  resulta ser el  fundamento de la masa.

Será por eso que grandes bolsones de la población –que podríamos identificar como “la masa”- admite como normal lo que es, a todas luces, anormal y así, desoye las voces de los expertos y violan normas sanitarias poniéndonos a todos en riesgo y son por algunos hasta aplaudidos,  justifica que una persona a la que se le endilga ser hippie y artesano se lo persiga y –en teoría-se ahogue y no está mal, llega a comprender y aplaude que a los presos se los torture ,o que muchas personas desaparezcan  o que sectores quemen pastizales concretando un ecocidio y tampoco, nada de eso está mal.

Desde que transitamos estos días de pandemia, se suele hablar de lo que será nuestro futuro y se lo denomina “la nueva normalidad”, quizás sea este también un buen momento para plantear nuevas normalidades en otros aspectos de nuestra vida, fundamentalmente en aquellas prácticas que nos alejen de lo asqueroso y  nos acerque al verdadero concepto de humanidad.

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