Radio En Vivo

Por Ricardo Serruya

Es muy posible que, dentro de unos minutos, cuando termine este espacio de editorial donde se vierten palabras e ideas, posiciones personales, lecturas políticas, verdades, parte de la audiencia se sienta defraudada y algunos hasta excesivamente enojados.

Conviene entonces aclarar que se trata de una verdad personal, no de LA  verdad, sino de la manera que uno tiene de ver el presente.

Aclaraciones obvias, que en otros momentos posiblemente no hubieran sido  necesario efectuar, pero que estos tiempos de blancos y negros, de grieta profunda (aunque no mayor a la de otros momentos históricos) sentar posición y, fundamentalmente haciéndolo no ubicándose en uno de los bandos, puede (y de hecho lo hace) generar enojos exacerbados.

Más allá del  postulado periodístico y de la negación de este periodista del uso, en este formato, de la primera persona,  resultará difícil no caer en ella hoy, pues –como pocas veces- lo que se declama es una posición personal que, posiblemente, no sea compartida  siquiera por todos los integrantes de este homogéneo grupo que semanalmente hacemos este programa.

Desde el micrófono, la cámara de televisión, y hasta las aulas donde me ha tocado  elaborar mensajes para oyentes, televidentes o alumnos, siempre he sostenido que el periodismo militante, salvo honrosas excepciones, no existe. Considero que son términos que se oponen: si periodismo  resulta ser, entre otras cosas,  el ejercicio de la reflexión y la mirada crítica ante lo “que sucede”, no es posible hacerlo  si la adhesión a lo que se vive es extrema.

La militancia es un hecho admirable. Quién decide sacrificar horas de su vida, momentos con sus afectos, espacios personales para entregarse a una causa que considera justa, no merece otra cosa que aplauso, admiración, elogio. Tan cierto como que cualquier tipo de militancia está impregnada fundamentalmente por la pasión y, para poder analizar además de una cuota de pasión se necesita razón. No resulta lógico pedirle al militante altas  dosis de razón, y si el pertinente que su actividad esté motorizada por la pasión y la adhesión debiendo sacrificar –en ocasiones- convicciones personales.

Como unir entonces estos dos términos: periodismo y militancia, si el primero de ellos –el periodismo- necesita de ese espacio de pensamiento, de criticidad, de observar “desde el afuera”.

¿Cómo hacer para estar adentro y afuera?

¿Cómo se fiel a una idea, una convicción y, a su vez, enmarcarla en un proceso donde obligadamente se debe separar lo que uno considera bueno y malo?

Si esto no resulta imposible es, al menos, muy difícil. Tanto que algunos nunca pudimos  equilibrarlo y sin embargo ese periodismo militante es el que se ejerce  en vastos grupos en nuestro país. Existen comunicadores  que militaron el Kirchnerismo y el macrismo y nunca pudieron –ni pueden- criticar alguna acción desarrollada por el grupo político al que defienden apasinadamente.  

Hay hoy quienes toman la misma postura desde el –como llamarlo?- Albertismo? y están también los que la militan desde la oposición destructiva constante, nada de lo que haga un gobierno que no sea de su simpatía estará bien. En esta vereda caminan muchos destilando no solo una tirria abrumadora sino cayendo en simplismos, mentiras y hasta disparates verborrágicos o escritos.

Quienes, con errores seguramente, caminamos por la vereda de intentar desarrollar nuestra profesión separando  estos mecanismos anti periodísticos, no solo nos cuesta más mantener espacios (sea ya por cuestiones políticas como económicas), sino que además, depende lo que expresemos somos ubicados, indefectiblemente,  en algún sector.

Ejemplo: Si durante el gobierno de Cristina  Fernandez  criticabas alguna medida, automáticamente pasabas a ser contrario, “opo” o gorila,  pero si lo hacías también con Macri, mágicamente te convertías en periodista K.

Confieso que me siento muy lejano a lo que fue la administración Macrista. No se ha ocultado en ninguno de los mensajes periodísticos producidos en los últimos 5 años. ¿Eso me convierte en un K?

Triste realidad si la respuesta es afirmativa.

Reconociendo –según mi manera de ver la realidad- que este gobierno es distinto, que tiene una concepción  más humana, más solidaria y hasta más justa que el anterior de la  repartición de la riqueza, de los derechos humanos, de las libertades individuales, de  la concepción de género, aún así varias actitudes son –periodísticamente- criticables.

¿Debo guardar silencio porque si no lo perjudico y trabajo para la oposición?. Seguramente esa sería un consejo que recibiría de compañeros

Pero la respuesta es no.

Si así lo hiciera dejaría de ser periodista.

No soy militante, soy periodista.

Es desde este lugar que expreso que, y teniendo en cuenta que el Frente de todos tuvo muy mala suerte ya que la pandemia no lo dejó siquiera acomodarse, hay una grieta importante –otra más pero ésta dentro del mismo frente- entre lo que se dice y lo que se hace.

Los planes desarrollados en épocas de pandemia  eran los necesarios y por eso se reconoce esa política, pero entre aquello que se declama sobre emparejar un poco el terreno para que los que no tienen nada de nada tengan algo no se ha avanzado.

Si,  claro me van a decir de una vereda, ¿cómo querés que se haga si vivimos en pandemia?. Desde la otra vereda me gritaran: “ya pasaron 10 meses!”. Y ambas realidades son ciertas.

Con pandemia o sin pandemia, existen todavía sectores que la juntan con pala y otros que, en el mejor de los casos, gambetean escollos para llegar a fin de mes.

Más allá de algunas políticas oficiales (y seguramente no es poca cosa), habrá que decir –objetivamente- que no hay mucha diferencia en los procesos generales, globales de lo macro económico desplegada en estos últimos años: una economía basada en el extractivismo deshumanizante y –por estos días- precarios que nos convierte en un país sojero y minero y que depende  absolutamente no solo de una buena cosecha, sino del humor de estancieros egoístas y multinacionales mineras.

Un gobierno que no duda en bajarle retenciones a ambos sectores para que se dignen a exportar porque necesita pagar una deuda externa que decide no investigar. ¿Hay que pagar  toda la deuda o separar la que se dio de manera legal y la que no se hizo?. Constantemente comparan la economía de un país con la de una casa y nos dicen que se administra de manera similar, equilibrando lo que entra con lo que sale. ¿Ud pagaría una deuda que fue tomada por el anterior o el anterior o el anterior inquilino de manera fraudulenta?

Reciben al Fondo Monetario Internacional sabiendo que vienen a pedirnos –como siempre- más  ajuste  y recesión y no aparece – más allá de algún tibio discurso- otra alternativa.

Y mientras tanto, en la gran ciudad (decía una frase re pegadora de una radio) hoy en la argentina hay más de un 30% de pobreza.

Cada 100 personas, 30 son pobres. 30 no comen –o comen muy mal- todos los días. 30 de cada 100 no tienen garantizada el presente y menos aún el  futuro. Y de todos estos,  más del 8 % son indigentes, o sea que su vida pende de un delgadísimo hilo. Si lo hacemos en números de cantidad de habitantes, la realidad duele más aún: once millones  700 mil personas son pobres y más de 750 mil son indigentes. En tan solo un año más de un 5%  de personas cayeron en la pobreza y casi un 3% en la indigencia.

Sería bueno  que a quienes les toca gobernar tengan en cuenta estos números a la hora de diseñar políticas, que a los que  son oposición no los usen como vil pretexto para  ganar algún voto, que los militantes presionen para que se de vuelta la tortilla y que los periodistas lo denunciemos y lo mostremos porque esa sigue siendo nuestra noble y necesaria misión.

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